• Karen Andrea Taborda Benavides

Pasos alrededor de mí

Hora 17.00 pm, seis de enero. El sol se acuesta sutilmente sobre la costa mojada. Playa de Gamboa, Salvador de Bahía, Brasil. Con Ruth nos miramos y sonreímos: acabamos de conocernos, vamos a transcurrir juntas los primeros días y no sabemos nada. Lo inesperado. Lo casual. El hallazgo. Uno emprende su viaje y anota los pasos que tendrá que seguir; lo silencioso que yace en el futuro es una página en blanco. El viaje alrededor de uno mismo, o mejor, dentro de uno mismo: ese es el verdadero desconocido. La ruta tortuosa entre los miedos, las incertidumbres, la timidez y también, el movimiento puro hacia el autoconocimiento, la adrenalina de los ojos que como pequeños investigadores miran hacia nuevos horizontes y gritan, solo gritan: ¡qué lugar maravilloso es el mundo! Y la libertad, muchas olas de libertad y estas inagotable y flameantes ganas de repetir: ¡SI!

Nos quedamos hasta la hora del atardecer. De vuelta, en el camino hacia casa, miro los arbustos alrededor de la carretera y veo, silenciosamente asomados entre los cables de la luz, monitos chiquitos jugando entre ellos. No sabemos nada y, sin embargo, desde ese entonces, siempre miraré hacia arriba para buscarlos otra vez.


La casa en donde pasaré estas seis semanas es hermosísima y la familia que me hospedará es una familia muy grande, hecho que desconozco en mi transcurso y que, por eso, me fascina. Cuando este día vuelvo por la noche, estoy agradecida: si mi primer día ha sido así, no puedo imaginarme el resto, me repetía. Es cierto, no sabemos nada.

Estoy acá porque elegí viajar sola e irme a enseñar inglés a niños y niñas. Soy una voluntaria, nada más y mucho más que una voluntaria. El primer día de trabajo tomo el metro muy temprano por la mañana. El colegio está justo en el punto más alto de una pequeña colina. Cuando llego, conozco a la directora y entiendo un poco más por qué algunas personas pueden dejar una huella tan grande en este absurdo mundo. No es solo enseñar inglés a niños de 5, 10, 15, hasta 18 años. También es desafiarme. Saltar. Hacer el paso. Agarrar las riendas. Exponerme. Salir de mi cuna cálida y segura. Al principio todos estamos en el mismo proceso de iniciación: nadie quiere equivocarse, nadie se anima en nuestro pequeño desafío. Yo lo hago. Me muestro totalmente vulnerable. Se trata de actuar como maestra, calzar un rol que nunca he conocido antes y no, no es fácil, pero esta es mi revolución: ¡me descubro capaz! Uno cierra su interior dentro de una caja, lo esconde tan bien abajo la tierra del miedo que se olvida donde lo ha ocultado. Se rinde, se dice que no existe, se dice también “no puedo, yo no puedo”, las mágicas palabras de amor miserable que nos pronunciamos. Pero la vida sabe mucho más que nosotros mismos y nos grita: podés, vos podés. Nos grita tan fuerte que lo único que no podemos hacer es ignorarla.


Ana Clara, Eduardo, Edvanei, J.B., Filipi. Edvanei escribe poesía y de vez en cuando me agarra la mano y me enseña algo; Eduardo dibuja, le gusta mucho y reconozco su talento. Me regala sus dibujitos y los guardo en mi diario; J.B. habla tan bien inglés que empiezo a sospechar mi real utilidad para él. De todos aprendo algo sobre mí misma.

Cuando puedo me escapo a la playa. Mi favorita es Porto de Barra. Puedo pasar horas tomando cerveza y comiendo queijinho acostada sobre la orilla. Termino adicta y todavía hoy mi paladar reconoce ese sabor bajo la lengua.


Hoy siento que la ciudad misma es mía. Que este es mi refugio. Que yo puedo realmente, verdaderamente, lucidamente, ser feliz.


Después de seis semanas no tomo mi vuelo. Elijo posponer la fecha de mi vuelta y vivir, vivir más y todavía más. No sé por qué tomamos las decisiones que tomamos en el momento en el que la tomamos, pero es cierto que es una voz que habla y dice ahora, ahora, ahora. No sabemos nada.

Viajar sola me daba miedo, es cierto. En un mundo que nos quiere asustados, inseguros, en donde el afuera es un peligro y no una oportunidad, en donde lo desconocido es siempre el lugar del miedo oscuro e indescifrable, hay todavía un pequeño espacio de lo que se nutre la más violenta de las esperanzas. AIESEC me ayudó garantizándome un lugar adonde ir, o mejor: una familia adónde ir. No me sentía sola. Me asignó también un buddy, Ana Luiza, para que pudiera asistirme con cualquier cosa que necesite. Recuerdo, con mucho amor y maravilla recuerdo, el túnel de bambús que salpicó el paisaje de mi primera pisada en tierra brasileña. Aquella madrugada fue magia pura y el camino con Ana fue una manera toda nueva con la que la vida me estaba diciendo: ¡bienvenida, ahora empieza todo lo bello!


Guardo mil folletos de museos, tickets del metro, un par de aritos, un libro e inmensa gratitud. A la abuela con la que vivía le pedí que me regalara un dibujo de los que ella hacía. Dejó escrito algo encima: Saudades de vovó Valda, beijos, algo como: la abuela te va a extrañar, con una nostalgia feliz.

Relatado por Roberta Colucci, Buenos Aires-Argentina

Inspirado en el cuento de la experiencia de Vanina Balza , Directora de Intercambios Salientes


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