• Jose Scarano

Una experiencia transformadora en Joao Pessoa


Este intercambio llegó a mi vida por casualidad. Luego de haber trabajado durante muchos años como voluntaria en mi ciudad, creía que no tenía demasiado más que aprender sobre lo que se podía sentir siendo voluntario, pero mi experiencia en Joao Pessoa fue totalmente distinta a cualquier otra que haya vivido. La palabra que mejor la describe es "transformadora".


Un día, en la sala de espera de un médico, me crucé con una publicación en redes sociales de AIESEC que informaba sobre la posibilidad de ganar una beca de intercambio de voluntariado. Sin pensarlo demasiado me anoté y al salir se lo comenté a mi familia a modo anecdótico sin creer realmente que fuera a concretarse. Luego de algunas instancias y antes de darme cuenta, me informaron que había ganado la beca. No había palabras para describir la alegría, pero ahora sólo me quedaba elegir mi destino.


Entre las opciones que tenía, decidí elegir la ciudad de Joao Pessoa, en Paraíba al norte de Brasil. La decisión estuvo determinada por dos factores que llevaban detrás la misma reflexión: “si voy a hacer esta experiencia, tiene que ser un desafío del cual pudiera aprender algo nuevo”. Estos dos factores fueron la diferencia idiomática y el trabajo con niños, ya que era algo que siempre me había resultado particularmente difícil.


Sin saber muy bien que esperar emprendí mi viaje desde Rosario a Joao Pessoa y hoy puedo sentir como repercutió en mí haber realizado este intercambio.

Es imposible volver de una experiencia de este tipo de la misma manera que como llegaste. El amor, la empatía y la calidez que encontré en la Comunidad Sao Rafael me marcaron y todas las personas que conocí van a estar por siempre en lo más profundo de mi corazón.


Durante las 8 semanas que estuve en Brasil, aprendí, sentí, lloré, amé, hice amigos increíbles y hasta conseguí una familia.


Hay pocas cosas que me hayan marcado tanto como darme cuenta de que me sentía parte de un lugar. Cada mañana, cuando me bajaba del colectivo, mientras caminaba esas cuatro cuadras hasta la ONG, escuchaba que desde alguna ventana me gritaban "¡Tía!", y los niños con quienes trabajaba salían corriendo de sus casas a recibirme con un abrazo lleno de amor para escoltarme hasta la institución. Del mismo modo, me acompañaban tomados de la mano o abrazados cuando salía para volver a mi casa.


El resumen de todo lo que viví es amor: abrazos, juegos, cariño, momentos compartidos, conocerlos, compartir los almuerzos con ellos, enseñarles a tomar mate, todos pequeños detalles que en ese momento no dimensionaba y ahora extraño inmensamente.


Conocer también las historias de las personas que allí trabajaban incansablemente para que a esos chicos no les falte nada, quienes ponían todo de sí para que Sao Rafael tuviera ese calor de hogar que todos sentíamos. Ese lugar era en todo sentido una familia.


También recuerdo lo hermoso de la convivencia con quienes me alojaban, una familia hermosa a quienes extraño todos los días y a quienes siempre sueño con poder volver a visitar (y así lo haré).

Esta experiencia me cambió para siempre y como ninguna otra podría haberlo hecho. Desde que volví de Brasil pude comenzar a empatizar y a comprender las realidades y las decisiones de los demás, intentando dejar los juicios de lado.


Pude aprender a tomar la iniciativa en lugar de indignarme o quejarme, a creer en que la bondad de las personas se encuentra en todos lados, quienes buscan generar un cambio positivo en la sociedad y que son sólo algunos pocos (quizás con más fuerza) los que la corrompen y nos separan.


Aprendí que con amor, con tolerancia, con comprensión y con diálogo podemos habitar cualquier lugar tratando de generar siempre un impacto positivo.


En este punto puedo decir que el cambio que yo generé en ellos no es nada en comparación al que ellos generaron en mí.

Creo que la clave está en que cada uno de nosotros haga su pequeño aporte desde donde nos sentimos capaces y dejar que la experiencia nos transforme para propagar ese cambio en todos los espacios que habitamos.


Esta es la experiencia como Voluntario Global de Maite Galindo.


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